El Castillo, con su bellísima
iglesia románica, surge a lo largo de la Vía
Francigena, en el tramo que de San Miniato lleva a San
Gimignano.
Rodeado por una hacienda de más de 300 hectáreas
cultivadas con viñedos, olivos y en parte destinados
a pastos, el complejo del Castillo y de la Hacienda está constituido
por la antigua casa señorial y por una serie de
casas coloniales situadas en un sugestivo marco natural,
con espléndidos bosques y tres bonitos lagos. El
Castillo, que perteneció en el pasado a algunas
de las mayores familias de la nobleza florentina entre
las cuales los Davanzati, los Albizi y los Pucci, era conocido
ya desde el siglo XIV por la calidad de su vino y la bondad
del aceite que hoy, como entonces, representan el mayor
recurso de la Hacienda.
Al visitante moderno que elegirá Coiano como
etapa de un más amplio itinerario por las colinas
del Valdelsa o a quienes se detendrán en este
pequeño burgo para una tranquila estancia rodeados
por la naturaleza, no les escapará el encanto
de las memorias de su pasado.
La antigua iglesia de los Santos Pedro y Pablo surge
en las inmediaciones del Castillo, enclavada en una sugestiva
colina en un marco de olivos y cipreses. Sus formas austeras
y elegantes la convierten en una verdadera joya del arte
románico. Precedida de una escenográfica
escalinata, la fachada presenta un carácter compuesto:
a la zona inferior, edificada con el empleo de bloques
lapídeos monolíticos y que se remonta a
la fase constructiva más antigua, se acopla un
segundo orden de ladrillos, que desde el punto de vista
de la habilidad técnica representa una de las
realizaciones más notables del territorio. Pasado
el umbral, en el interior todavía se pueden admirar
algunos capiteles finamente decorados con motivos geométricos,
que se remotan a la primera fase de la edificación.
La iglesia fue levantada en el tramo de la Vía
Francigena que unía Lucca a Siena y ya es mencionada
en documentos del año Mil. Durante casi todo el
Medioevo, la Vía Francigena era el único
camino posible para los peregrinos o los caminantes que
atravesaban Italia directos a Roma, como testimonia la
lista de las localidades redactada por el Arzobispo de
Canterbury en su viaje de Londres a Roma a finales del
siglo X.
También el nacimiento del Castillo se debe poner
en relación a la existencia de esa importante
artería de comunicación y probablemente
el primer núcleo de la villa fue una especie de
cuartel militar que tenía entre sus misiones la
de cobrar el peaje por transitar por la Vía Francigena.
Nacido por lo tanto como presidio aduanero, el Castillo
sucesivamente fue utilizado para otros fines, preferentemente
agrícolas, y se distingue ya en el curso del siglo
XIV por la producción de aceite y vino. Una carta
fechada "Coiano, 30 de enero de 1383", encontrada
en un palacio de los Davanzati en Vía Porta Rossa
de Florencia y firmada por el labrador Migliorato di
ser Riccomanno nos informa de la óptima calidad
de estos productos, cuyo consumo, escribe el labrador, "no
es para servidores".
Algunas de las mayores familias de la nobleza florentina
presumían de su señorío en estas
tierras: el castillo perteneció en el pasado a
los Albizi, a los Pucci, a los Venturi y a los Masetti,
para después pasar en 1924 al ecléctico
Elia Volpi, pintor restaurador y finísimo conocedor
de arte florentino. En la segunda mitad del siglo XIX
la condesa Carlotta Masetti modernizó la explotación
vinícola de Coiano y la hacienda fue condecorada
con la medalla de oro en el concurso gubernamental del
1885. Los trabajos dejaron intacta la parte más
antigua de la bodega, destinada al envejecimiento y situada
a 18 metros de profundidad, que todavía hoy alberga
en su sugestivo marco manifestaciones enológicas
y gastronómicas y actividades de vario tipo vinculadas
al vino y a su historia.
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